El mismo día de mi última anotación en este diario, tuve un encuentro con otros navegantes. No fue un encuentro al uso, sino por medio de los nuevos instrumentos con los que hemos partido en este viaje. A pesar de haber compartido con ellos un tiempo de reunión, sigo sintiéndome perdida y sola en este viaje, con mis dudas, con mis miedos, con mis incertidumbres, con mis pensamientos. Tal vez más sola y perdida si cabe. Así que ahora me he detenido. He recogido las velas y soltado el ancla. Parada en medio del océano tratando de buscar lo que no sé que busco. Y mientras reflexiono, vienen a mi mente las palabras de Bertold Brecht, que dicen algo como:
Si los tiburones fueran personas, le preguntó al señor K la hija de su arrendadora, ¿se portarían mejor con los pececillos? Por supuesto, dijo él. Si los tiburones fueran personas construirían en el mar unas gigantescas cajas para los pececillos, con toda clase de alimentos en su interior, tanto vegetales como animales. Tendrían mucho cuidado de que en las cajas hubiese siempre agua fresca y tomarían toda clase de medidas sanitarias. Si, por ejemplo, un pececillo se lastimara en su aleta, le pondrían inmediatamente una venda, de manera que el pececillo no se les muriera a los tiburones antes de tiempo. Para que los pececillos no estuvieran tristes, se organizarían algunas veces grandes fiestas acuáticas, ya que los peces alegres son mucho más apetitosos y sabrosos que los tristes. Por supuesto, en las gigantescas cajas también habría escuelas. En ellas, los pececillos aprenderían a nadar hacia las fauces de los tiburones. Necesitarían, entre otras cosas, aprender geografía, de manera que pudiesen encontrar los grandes tiburones que andan perezosamente tumbados en algún sitio. La materia principal sería, naturalmente, la educación moral del pececillo. Se les enseñaría que para un pececillo, lo más grande y lo más hermoso es entregarse con alegría y que todos deberían creer en los tiburones, sobre todo cuando éstos les dijeran que les iban a asegurar un hermoso futuro. A los pececillos se les haría creer que ese futuro sólo estaría garantizado cuando aprendieran a ser obedientes y sumisos. Los pececillos deberían evitar, con mucho cuidado, toda inclinación vil, materialista, egoísta y cuando alguno de ellos manifestara tales desviaciones, los otros deberían inmediatamente poner este hecho en conocimiento de los tiburones. Si los tiburones fueran personas, también habría entre ellos un arte, por supuesto. Habría hermosos cuadros a todo color de las dentaduras del tiburón y sus fauces serían representadas como lugares de recreo donde se podría jugar y brincar. Los teatros del fondo del mar pondrían en escena obras que mostraran a heroicos pececillos nadando entusiasmados en las fauces de los tiburones y la música sería tan hermosa que a su son los pececillos se precipitarían fauces adentro, con la banda de música por delante y ensimismados en los pensamientos más alegres. Tampoco faltaría religión. Con esta materia aprenderían que la verdadera vida de los pececillos empieza realmente en la panza o barriga de los tiburones. Y si los tiburones fueran personas, los pececillos dejarían de ser, como hasta ahora, todos iguales. Algunos obtendrían cargos y serían colocados por encima de los otros. Se permitiría incluso que los más grandes comieran a los más pequeños. Esto sería delicioso para los tiburones, ya que así tendrían más a menudo, bocados más grandes y apetitosos que tragar... En pocas palabras, si los tiburones fuesen personas, en el mar no habría más que cultura
Y sin darme cuenta, mi mente lo adapta al contexto de hoy en día, continuando el texto de esta manera:
Si los tiburones fueran personas tampoco faltarían en el mar grandes ordenadores y tecnologías punta de la información y comunicación. Mediante ellas, conectadas con todo tipo de satélites, algunos pececillos, los que tuvieran algún cargo, tendrían que responsabilizarse de localizar los grandes bancos de pececillos y, además, utilizando sofisticados programas de aplicación o software, irían conduciendo esos bancos de pececillos hasta donde sabían que estaban tumbados los tiburones. Y así en el mar habría maestros, oficiales, ingenieros de construcción de cajas e ingenieros en informática de sistemas y de gestión. Todos ellos al servicio de y trabajando para los tiburones